jueves, 10 de mayo de 2018

Desde que te fuiste...


Cuantos más años pasan menos claro tengo si Aeryn llegó a existir alguna vez.
Los recuerdos se han ido mezclando con la vida que me he ido imaginando que tendríamos si no se hubiera marchado. Y a veces, cuando dejo que el whisky llene el vacío de su ausencia, los límites de lo que vivimos aquel invierno en Venecia, se mezclan con la visita a París que comencé a preparar un día antes de su partida.
En ocasiones he llegado a agradecer su temprana desaparición. Soy un completo estúpido, y si me hubiera ofrecido toda la vida para decepcionarla quizá todos estos bellos recuerdos en los que vivo habrían llegado a ser corrompidos.  Y me gusta vivir en ellos tal y como los he ido esculpiendo con el paso del tiempo.
Me gusta invocar la imagen tierna de Aeryn recitándome a Bécquer, con la cabeza recostada en mi regazo mientras mi espalda reposaba en el tronco de aquél árbol. Su voz ha ido desdibujándose y cada vez necesito concentrarme más para emular su timbre aterciopelado, pero he aprendido a disfrutar su forma de mover los labios y el brillo de sus ojos cuando algo le tocaba el alma.
Cuando las noches son especialmente duras viene a mi cabeza Aeryn bajándose lentamente las medias mientras yo sigo los movimientos descendientes de sus manos con la mirada. Su risa fresca es paradójicamente el agua del que bebo y la llama que enciende todos mis deseos. Y entonces sueño que le hago el amor una vez más, a veces con la ternura de un rencuentro, otras con la rabia de no tenerla entre mis brazos. En ambos casos acabo llorando hasta quedarme dormido abrazando a su fantasma.


jueves, 8 de diciembre de 2016

Prólogo de las memorias de una musa.

Perdí la cuenta hace tiempo del número de poetas que tuvo entre sus piernas. Nunca tengo el valor para preguntarle cuantos besos le costó cada poema que le dedicaron, ni para poner en duda que esos versos iban dedicados a sus sábanas.
Me consta que su primer novio publicó su segundo best seller hace tres meses y aunque ella haga oídos sordos a los rumores, se que sabe como todos, que la protagonista de esas novelas usa la misma marca de bragas que ella y lloran ambas los mismos jueves. 
Sus últimos tres novios eran fotógrafos, cuyas cámaras no fue lo único que sedujo. Las malas lenguas, esas que tanto le gusta saborear, van diciendo que se ha hecho un catálogo de sus propias cicatrices con las polaroids que le sacaban, y apostaría el dinero que suelo emplear en cerveza que una vez reconocí el lunar de su cadera en el Julio de un calendario.
Me contaron el mes pasado que la vieron tonteando con un pintor en el cocktail de inauguración de la galería que hay dos calles de su facultad, pero sólo se que un número desconocido la llama de vez en cuando y que al otro lado una voz ronca de hombre se refiere siempre a ella como Venus.
Eso, y que un día fui yo quien la pilló en el baño follando con aquel cantautor que tenía el doble de años que ella y la mitad de ganas de vivir.

Siempre me fascinó su comportamiento, no sabía si era una forma excesivamente fuerte de vivir el arte, o una búsqueda de compresión mediante el buceo en almas supuestamente tan atormentadas como la suya. Llegué a plantearme si era el arte quién la atraía a ella o era al revés, si siempre había querido ser musa o es que su cuerpo convertía en artista a todo el que lo besada.

Al fin, un día tras dos gintonics me armé de valor y le pregunté el por qué de esa filia con los artistas y ella, tras una sonrisa cómplice, se quitó la careta y me confesó en un susurro que su única meta en la vida era la inmortalidad.

viernes, 15 de abril de 2016

Cuando cesaron los gritos

Una vez te conté todo lo que estaría dispuesta a dar por vivir en una cabaña en un árbol. Preferiblemente en un bosque, o en el jardín de una casita a las fueras. Tú reíste llamándome niña. Afirmabas que sería mucho más cómodo un dúplex en pleno centro. En el último piso de algún rascacielos. Ese día nos pasamos horas discutiendo. La luna entró en escena y tú y yo ni nos percatamos. Nos pasaba eso a menudo, estábamos tan ocupados discutiendo improbables que nunca nos dábamos cuenta de que el mundo seguía girando. Nos enfrentábamos, a gritos si hacía falta, por cuál debía ser el nombre de nuestro primer pingüino.
Creo que es lo que más echo de menos. Las llamadas de skype en las que me quedaba dormida intentando convencerte de los principios morales del malo de la última película que hubiéramos visto.  O quizá el hecho de que nadie lo entendiera.  Muchos me dijeron que lo habían visto venir al principio, que nos pasábamos el día discutiendo, pero que en los últimos meses parecíamos estar haber encontrado el equilibrio al fin. Pobres, no me he atrevido aún a explicarles que el problema empezó cuando dejamos de gritarnos. Creo que jamás lo entenderían porque ellos jamás han estado en nuestra bohardilla a las afueras, aquel hermoso punto medio.
Si cierro los ojos aún siento la venda sobre ellos  y tus manos en mi espalda guiándome hasta el coche. 84 cantaba fantasía cuando detuviste el vehículo, te bajaste, me ayudaste salir y me quitaste la venda. Frente a mí había una rústica cabaña de madera de dos pisos. Con un vistazo a mí alrededor supe que estábamos a las afueras. Lejos de los edificios y el mundanal ruido de Madrid.
-Aquí tienes tú cabaña, pequeña- Susurraste.
Lo primero que pensé fue que mentías. Aquella cabaña no estaba en un árbol, además aquello era un dúplex. Pero no estaba en el centro, ni era el último piso de un rascacielos, además la ventana redonda justo bajo el tejado delataba una habitación abuhardillada. Así que callé y te besé.
Construimos un fuerte de almohadas en la bohardilla e hicimos el amor, gritándonos como siempre hasta que salió la luna y nos asomamos desnudos a contemplar las estrellas. A día de hoy tu aliento en mi oreja mientras me susurrabas constelaciones que yo sabía que eran inventadas y que te rebatía con mis propias fantasías sigue siendo mi definición de felicidad.
Ponías el alma y el corazón en todo, y yo me sentía orgullosa cuando la gente decía que compartíamos ese rasgo, porque debo confesarte que era mi favorito en ti.
Tú padre decía que aquello era una característica de líder, que debías estudiar derecho, como él; que tenías madera y eso te daría un buen futuro. La primera vez que te lo dijo te reíste. Yo siempre hablaba de todas las aventuras que tendríamos por el mundo cuando acabáramos el instituto y tú no podías imaginar un futuro distinto que quedarte en la arena a describir las olas en tu libretita negra mientras yo las surfeaba.
Acabamos el instituto, a mi admitieron en la escuela de artes y tú hiciste caso a tu padre y te matriculaste en derecho. En un principio decías que era algo temporal, seguías alimentando mis aventuras, pero empezaste a posponerlas. Acabarías la carrera y trabajarías unos años en el bufete, ahorrarías y entonces ya viajaríamos por el mundo.  
El verano antes del desastre fue precioso. A veces me asalta la duda razonable de si no fue un sueño. Nos escapábamos a la cabaña a la más mínima oportunidad. Huíamos de la realidad como si en el fondo supiéramos que quedaba poco para que esta nos aplastara. 
Después llegó el otoño y nunca encontrabas tiempo para ir a ver caer las hojas. Dejaste de discutirme si debíamos comer castañas o boniatos, porque estabas demasiado ocupado.  Dejaste que eligiera yo los disfraces para Halloween de ese año. No hubo más discusiones por improbables, y poco a poco dejamos hasta de gritarnos en la cama.
Te volviste lógico, práctico y gris.
Un día te dije que necesitábamos volver a la cabaña y tú prometiste que tenías una sorpresa mejor. Me recorrió un escalofrío cuando vi por la ventana que te parabas delante de aquel edificio. Subimos en silencio en el ascensor, hasta el último piso. Entramos y sonreíste. En tus ojos brillaba una ilusión fría que no era más que una pálida sombra de lo que te iluminaba la primera noche en la cabaña.
-Me voy a mudar aquí, será nuestro refugio.
Yo negué tristemente y me fui.  

Te pasaste un mes llamándome preguntándome el por qué y me reprochaste inmadurez cuando traté de explicarte que desde el centro de Madrid no se veían bien las estrellas. 

lunes, 29 de febrero de 2016

Peor para el Sol

Podría ser otoño o primavera. No lo tengo claro. Tampoco sé que hora es.
Lo que si tengo claro es que lo que está sonando es Joaquín Sabina. Y cruzo los dedos porque no te dé por susurrarme al oído que nos vayamos a tu casa,porque como recites las dos próximas frases de la canción se donde acabará hoy mi pintalabios. Y no quiero.
Pero tienes el lóbulo de mi oreja entre tus dientes y él hace una puta semana que no me llama, ni me escribe.
Y tú estas escribiendo versos con las yemas de los dedos sobre mis caderas y yo podría gemirte las cosas más tristes al oído esta noche.
Debería decirte que no, pero ya has pedido otros dos chupitos.
-Más jagger no- Te susurro tratando de no empezar a suplicarte mientras la luna siga en el cielo.
-Tranquila preciosa que es absenta.
Mi estupidez está de tu parte. Un trago, seguido de un jadeo.
Maldito poeta...
El maestro también parece de tu lado, Y joder, que bien bailas.
Creo que ahora si quiero llegar a casa sin pintalabios. Asi que las dos frases siguientes te las susurro yo a ti hasta que me callas con ese beso que lleva esperando este bar las últimas dos horas.
Ahora ponen una lenta (está claro que el camarero también quiere que follemos esta noche),y me agarro a ti porque básicamente no puedo con los tacones, porque llevo menos copas que tú pero ni tan borracha como estoy reconocería que tengo menos aguante. Y estoy dispuesta demostrártelo. Pero luego.
Por el momento me susurras lo que seguramente estabas escribiendo en la servilleta cuando pusieron Pereza y yo me vine arriba. Tengo que callarte rápido porque mi lengua ya echa de menos a la tuya, y porque como sigas igual me enamoras.
Subes las manos por mi nuca. No por favor. Ahí no. Llévame al baño y grítame el nombre de otra .Pero no enredes la mano de ese modo en mi pelo. No mientras me susurras eso sobre la luz de mis ojos, no mientras divagas sobre la longitud en besos de mis piernas.
La hemos jodido, como ahora susurres "ven" esto acaba en las Vegas.
Y creo que por suerte no eres aún consciente de que ya me tienes
-¿La última en mi casa nena?- preguntan tus labios acariciando mi oreja.
Mierda, sí que lo sabes.
Y obviamente asiento ,y me agarro de tu brazo como si fueras lo único que existe esta noche,como si mañana no fuera a arrepentirme.
Por el rabillo del ojo te veo darle propina al camarero y me entra la risa cuando vuelves a envolverme tarareando mis propios pensamientos.
-Te ha faltado la cerveza de un sorbo -rio yo estúpidamente y tú me callas con otro beso.
Qué tonta debo parecerte ,borracha y entre tus brazos; y que pedante me parece tu sonrisa de superioridad contra mi boca.
Pero esos chupitos y los gintonics que los precedieron nos han derrotado,han tirado todos los muros y ya solo estamos tú y yo, frente a frente.
No hay ni un alma en la maldita calle y cada vez que nos apoyamos en alguna pared me entran serias dudas de si llegaremos a tu casa.
Por suerte el alcohol te ha afectado un poco menos que a mí y aunque en el ascensor casi alcanzamos el séptimo cielo aciertas a arrastrarme al interior de tu piso y cerrar la puerta de una patada tras nosotros.
Ahora sí.
Que le jodan al autocontrol.
Son ya demasiados meses de indirectas.Lleva semanas fantaseando con arrancarme la lencería que convenientemente te dejo intuir ;y como no lo hagas yo voy a volverme loca imaginando si esa lengua trabaja también sobre la piel cómo lo hace sobre las palabras.
Nos comportamos como auténticos estudiantes en celo, joder, pues lo que somos.

Ya van cuatro.Y aún no hemos tenido la capacidad de llegar ni al sofá.
Ojalá morir aquí.
Que no llegue la mañana y tengamos que darle explicaciones al sol o peor a nosotros mismos.
Pierdo la cuenta, ya no caben más besos en esta historia.

Y sigues entre mis piernas,por la persiana entreabierta puedo ver amanecer por encima de tu coronilla. No me quedan fuerzas para tirar de tu pelo.
Luchamos como titanes pero finalmente el sueño nos vence
Se nos ha olvidado todo aquello que nos repetíamos una y otra vez para no llegar aquí.Ya no queda orgullo cuando me abrazas.Y el tiempo que estamos dormidos parece incluso podríamos llegar a querernos, que este enamoramiento que ha durado toda la noche podría prolongarse en el tiempo.

A ver si hay suerte y el día no se levanta vengativo. 

A ver si se alinean los astros y la vibración que sacude mi móvil mientras tú y yo dormimos no es él.

domingo, 31 de mayo de 2015

Mañana de Domingo

Te has ido.
Cuando me desperté no había nadie al otro lado de la almohada, y en el fondo puede que hasta me aliviara eso.
Este sería el momento como de asomarme a la ventana, con tu camisa, que te has dejado aquí. No sé si porque hay alguien en casa esperándote, a quién tienes que esconder las marcas de carmín, que he dejado por toda ella al desabrochártela anoche con los dientes ;o como una escusa para volver a verme, y de paso que te la lave yo. Y fumar. Pero desgraciadamente lo dejé hace dos meses y no me has echado un polvo tan bueno como para plantearme volver a empezar. A fumar, porque a vivir sí que me has dado ganas. 
La almohada huele a ti y eso me gusta. Tu olor fue una de las cosas que me llevo a acercarme a ti anoche ¿O fuiste tú quien se acercó guiado por los encajes de mi blusa sin espalda? No lo sé, la verdad. Ni me importa.
No me gusta darle demasiadas vueltas a las cosas,aunque al final acaba siendo como comer verdura. Creí que con la independencia me libraría de ello, pero acabo teniendo que hacerlo.
Miro por la ventana distraída intentando recordar si tengo motivos para salir de la cama y no los encuentro, deben de haberse quedado con mis bragas en el suelo del hall.  Giro la cabeza a la izquierda y mis vidriosos ojos se encuentran con los de la chica despeinada del espejo. Aparto un poco las sábanas para ver si mi cuerpo refleja marcas de tu fugaz paso por mi caos. 
Rio, tan solo un mordisco en mi cadera y el envoltorio rasgado del condom cuentan lo que hicimos a noche. Lo primero desaparecerá en 24h y lo segundo en cuanto logre ser más fuerte que la pereza.
Es domingo, y para variar yo no tengo planes. Suspiro recordando cuando era una de esas personas que tienen planes los domingos.
Igual debería llamar  a mi madre. Pero en su lugar cierro los ojos y fantaseo preguntándome dónde estarás, si me habrás dicho tu nombre real, y tratando de recordar si no te he dado un número falso.
Justo ahora me percato de que te has dejado también un paquete de cigarrillos encima de la mesita y un post-it que dice que te gustaría volver a verme. Y sonrío. Y rezo porque no te haya dado un número falso.
Miro el móvil e ignoro la fotos de sus vacaciones que Daniela pasa por el grupo.
Son las 3 de la tarde, tengo que salir de la cama.
A regañadientes arrastro mi cansado cuerpo hasta la cocina y me caliento una lasaña.
Los efectos de anoche comienzan a disiparse, Natalia me manda un mensaje para decirme que ella y Gabri han tenido otra pelea y a mi se me pasan las ganas de que me llames.
La llamo y después de dos horas llega a la misma conclusión de siempre, que le quiere. 
Aún no tengo claro si estos dos acabarán casándose o matándose el uno al otro, pero morirán juntos eso es seguro.
Y reflexionando sobre esto me entra la duda, igual si quiero que me llames. Tal vez me apetece que me cuentes como ha sido volver a casa con la americana sobre tu espalda desnuda llena de arañazos. O quizá quiero que esperes a mañana y me hables en un falso tono de desesperación de que hoy no he amanecido a tu costado y que algo en ti querría que lo hubiera hecho. No lo tengo claro, pero a una parte de mí le apetece que me invites a una cerveza para interrogarte y descubrir si ayer me dijiste la verdad sobre tu libro de poemas favorito. 
Y mientras una de mi cerebro fantasea sobre si algún día llegaré a saber como tomas el café, otra cree tener claro que ya tengo camisa nueva; que nunca volverás a por ella. Que serás otra de esas estrellas fugaces, como otros tantos que han estado aquí. 
A todo esto suena mi móvil, un whatssap, número desconocido, una foto mía durmiendo desnuda. 
"Por favor, dime que eres ella" Reza el mensaje debajo de la foto.
Me apresuro a ponerme tu camisa y respondo con foto.
"Solo si eres el dueño de esta camisa"

miércoles, 25 de febrero de 2015

La mataré

Quiere decirle que quite los malditos pies del salpicadero, pero sabe que entonces no tendrá una escusa para mirar aquellas infinitas piernas de reojo. Siempre es así, todo con ella es así. Hace con la vida lo que le da la gana y el resto se lo permiten sintiéndose honrados de tenerla cerca.
Ella fuma con la ventanilla bajada y canta bajito con Loquillo.
-¿Hemos llegado?-pregunta cuando se acaba el cigarro y el coche se detiene. Él asiente y ella se acerca a su rostro. Él cierra los ojos al sentir su aliento tan cerca.
-Tú la llevas-susurra y sin mediar otra palabra sale corriendo del coche y echa a correr por la playa.
-¿¡Qué cojo..?!- necesita un par de segundos para entender lo que estaba pasando, como siempre, ella quiere jugar. Maldita niña. Piensa,y sale corriendo a por ella.
Mientras corren por la playa parecen una pareja de alguna película de estas para adolescentes que ella dice que no le gustan nada ,pero él sabe que ve en secreto; su pelo negro ondea al viento y nada más importa.
La alcanza, forcejean, ella se resiste con uñas y dientes, literalmente, pero al final él la tiene. Estan tirados sobre la arena, boca arriba y entre sus brazos ella no puede moverse.
-Ahora tendrás que volver al coche a por las cervezas-se rie mirando al coche en la lejanía.
Él maldice, tiene razón, pero ya lo hará, la tiene entre sus brazos y no va a soltarla tan fácilmente. Baraja diversas opciones, no puede besarla ahora, para eso tendría que darle la vuelta y sabe que si la presión de su abrazo disminuye lo más mínimo ella correré de nuevo. Dobla las rodillas y con dificultad consigue levantarse sin soltarla.
-Eso no vale.- patalea pero él ríe, triunfante. Cada pequeña batalla ganada es todo lo que tiene, sabe desde hace mucho que va a perder esa guerra.
Ya con las cervezas en su poder vuelven a la arena, caminando uno al lado del otro, ella habla, como siempre y él la mira bebiendo en silencio, incluso las pocas veces que ella calla él nunca se atreve a interrumpirla salvo para llevarle la contraria y ver como vuelve a argumentar lo mismo con más fuerza.
-¿Y tú que opinas?-le dice de pronto.
-Que estas preciosa.-responde él, le gusta intentar desarmarla,ella nunca entra al trapo, se limita a andar un poco más adelante. Él no tiene claro si para que no la vea sonrojarse o si para provocarle con esa forma de mover el culo al andar. Entonces se gira y se pone a cantarle una de esas canciones que solo ella conoce y que él a veces cree que en realidad se inventa.
De pronto vuelve a correr. La siente alejarse, volar sobre la arena,e irracionalmente algo se activa en su cabeza y corre tras ella. No es algo intencionado, simplemente necesita atraparla. Quizá sea porque sabe que algún día no lo hará, pero necesita que ese día no sea hoy. Acelera y la atrapa. Por unos segundos se hace la ilusión de que la tiene. Pero ella se gira y le besa.
Es ella quien lo tiene.
Y la alza sin dejar de besarla, si pudiera jamás dejaría de hacerlo.
-¿Un bañito?- pregunta ella señalando con la cabeza hacia el mar separándose levemente de él.
-Tonto el último-asiente él dejándola en la arena y arrancándose la camiseta y los pantalones tan rápido como si en el mar hubiera una sirena y solo tuviera 5 minutos para follársela.
Se gira y ahí está ella, eso sí que es una sirena, y daría lo que fuera por 5 minutos que duraran toda la noche entre sus piernas. Pestañea y ya no está, unos brazos en su cuello y un mordisco en su oreja, ahí está de nuevo.
Ríen,nadan,se besan y ven atardecer tirados en la arena.
La noche cae y con ella la melancolía que les recuerda que aunque sea verano esa no es la vida real.
Se visten, dejando la ropa interior mojada en el asiento de atrás.
De vuelta a casa lo último que se atrevería a decirle es que bajara los pies del salpicadero, bueno, lo penúltimo, lo último sería recordarle el largo sus pantalones.
Llegan a su casa, se acaba el cigarro, le besa y se va,sin una palabra de lo sucedido. Como siempre.
Sube la música, otra vez Loquillo.
-Tienes razón Loco, la mataré, si no se me adelanta

martes, 23 de diciembre de 2014

Triste muerte de un poeta

La musa seguía abrazada a él,su cuerpo se enfríaba por momentos pero no podía soltarlo. Se maldecía por no haber llegado a tiempo. Llevaba días esperándola y ella andaba por ahí en otras camas vendiéndose por burdos piropos mientras el tintero de su verdadero amado se secaba.
Cuando llegó era demasiado tarde. Su poeta yacía sobre un charco de sangre y tinta al lado de un montón de folios emborronados.
El forense dijo que la causa fue suicidio pero la musa sabía que había sido falta de inspiración.